Táchira en el foso: El colapso total de los servicios condena al estado a la oscuridad y la sequía

Táchira en el foso: El colapso total de los servicios condena al estado a la oscuridad

San Cristóbal. — Vivir en el estado Táchira se ha convertido en una carrera de resistencia extrema, una donde sus ciudadanos no compiten por medallas, sino por sobrevivir al día a día. Lo que comenzó hace años como «racionamientos» o «flujos controlados» hoy se ha sincerado en su peor forma: un colapso absoluto y sistemático de los servicios públicos que mantiene a la región sumida en la penumbra, la escasez y el abandono oficial.

Los apagones ya no se miden en minutos, sino en bloques eternos de horas que dejan a ciudades enteras completamente a oscuras. La cotidianidad del tachirense se desvanece entre el silencio de las plantas eléctricas que se apagan por falta de combustible y la frustración de ver cómo se queman los pocos electrodomésticos que quedan en pie.

Cocinar: una odisea diaria

Para las familias, la hora de preparar la comida se ha transformado en un drama. La histórica escasez de gas doméstico obligó a miles de hogares a depender exclusivamente de las hornillas eléctricas; hoy, sin luz y sin gas, la pregunta de cada tarde es la misma en miles de hogares: ¿Cómo vamos a cocinar hoy? Ver a vecinos recolectando leña o improvisando fogones en pleno siglo XXI ya no es una escena aislada, es el retrato vivo de un retroceso forzado.

«No hay luz para prender la cocina, no hay gas en el cilindro, y si decides resolver con algo rápido, tampoco hay nevera que aguante los alimentos frescos por las interminables horas sin refrigeración. Nos están asfixiando la vida hogareña», relata un habitante de la región.

La paradoja del agua en la frontera

La situación se agudiza drásticamente al movernos hacia la zona de frontera. En los municipios fronterizos, a la crisis eléctrica se le suma una paradoja indignante: la falta crónica de agua potable. Táchira, un estado bendecido por la naturaleza con una de las mayores redes de afluentes hídricos y ríos de la geografía nacional, tiene a sus pueblos secos.

Las tuberías son adornos subterráneos. La ausencia del líquido vital obliga a las comunidades a depender de camiones cisterna impagables o a caminar kilómetros cargando tobos, exponiendo la salud de niños y ancianos. Que falte el agua en una tierra de ríos es la prueba más clara de que el problema jamás ha sido la naturaleza, sino la gestión.

Uribante-Caparo: El monumento a la desidia

El origen de esta catástrofe eléctrica tiene nombre propio: el Complejo Hidroeléctrico Uribante-Caparo. Diseñado para ser el motor energético del occidente del país, hoy no es más que un monumento a la corrupción, el saqueo y la falta de mantenimiento. La desidia gubernamental desmanteló una obra de ingeniería monumental, dejando las turbinas apagadas y los embalses en mínimos operativos. Lo que debió ser la solución eterna se convirtió, por obra de la negligencia, en el epicentro de la crisis.

El Táchira no resiste más pañitos calientes ni promesas electorales que se diluyen al día siguiente. Los servicios colapsaron por completo. No es un eslogan, es la realidad de un pueblo noble que exige respeto, que paga con creces su derecho a vivir dignamente y que hoy, en medio de la oscuridad y la sed, alza la voz para que las autoridades dejen la indolencia de lado y asuman el desastre que provocaron