
El Táchira se abraza frente al Pesebre
La llegada del 24 de diciembre en nuestro estado Táchira no es solo una fecha en el calendario; es el momento en que los caminos de la montaña y la ciudad convergen en un solo lugar: el hogar. Para nosotros, un pueblo de fe inquebrantable y raíces católicas, esta noche representa el milagro de la unión.
La luz del Pesebre y el Niño Jesús
En cada rincón de nuestra tierra, desde los páramos hasta la frontera, el pesebre es el corazón de la casa. No es solo una decoración; es el espacio sagrado donde la familia se reúne para esperar el nacimiento del Niño Jesús. Esa imagen del pequeño recién nacido nos recuerda la importancia de la humildad y la esperanza que siempre han caracterizado al tachirense.
Tradición que sabe a hogar
¿Qué sería de nuestra Nochebuena sin el aroma del guiso y la hoja de platano? La elaboración de la hallaca es nuestro primer reencuentro. Es el trabajo en equipo donde la abuela dirige, los hijos amarran y los nietos aprenden. Es el sabor de nuestra identidad que se comparte en la mesa, siempre con un plato de más por si llega un vecino o un amigo.
El regalo más grande: Volver a vernos
Más allá de los estrenos o los obsequios, la verdadera importancia de esta noche radica en el reencuentro. En un Táchira que ha visto a muchos de los suyos partir, el 24 de diciembre es la promesa de la cercanía, ya sea física o a través de una pantalla, unidos por la oración y el deseo de estar juntos.
Esta noche, al sonar las campanas y celebrar el nacimiento del Redentor, el mejor regalo será ese abrazo que nos reconforta y nos dice que, mientras estemos unidos, siempre habrá un motivo para celebrar.